domingo, 26 de agosto de 2007

Las dos vasijas



En una pequeña aldea de la India, vivía un aguador que tenía sólo dos grandes vasijas para alimentar a su mujer y a sus dos hijas. A diario, el hombre las colgaba en los extremos de un palo que llevava sobre los hombros. Iba el aguador con sus vasijas hasta el río, allí las llenaba de agua fresca para poderla vender en la aldea y así iba subsistiendo.

Una de sus tinajas tenía varias grietas por las que se escapaba el agua, de modo que al final del camino, sólo conservaba la mitad, mientras que la otra era perfecta y mantenía intacto su contenido. Esto sucedía diariamente.

La vasija sin grietas estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía idónea para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba avergonzada de su propia imperfección y de no poder cumplir correctamente su cometido, y cuando pensaba en la pobreza de la familia del aguador, aun se sentía más triste por no poder ayudarlo, a pesar de que en los últimos tiempos éste había mejorado algo sus ingresos, ya que recogía las flores del camino que después también vendía.

Así que al cabo de dos años le dijo al aguador: Estoy avergonzada, y me quiero disculpar contigo, porque debido a mis grietas, sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir por tu trabajo.

El aguador le contestó: Cuando regresemos a casa quiero que te fijes en las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino. Así lo hizo la tinaja y, en efecto, vió muchisimas flores hermosas y de todos los colores a lo largo de la vereda, en su camino de vuelta a la aldea; pero siguió sintiéndose apenada, porque -como siempre- al final sólo guardaba dentro de sí la mitad del agua que el pobre aguador le había metido en el río.

El aguador dijo entonces: -¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino?. Quise sacar el lado positivo de tus grietas y sembré semillas de flores. Todos los días las has regado y durante dos años yo he podido recogerlas y venderlas. Si no fueras exactamente como eres, con tu capacidad y tus limitaciones, no hubiera sido posible crear esa belleza.

Todos somo vasijas agrietadas por alguna parte, pero siempre existe la posibilidad de aprovechar las grietas para obtener buenos resultados.

domingo, 19 de agosto de 2007

La vida y la literatura


Existen libros que sirven para informarnos sobre el mundo, nos proporcionan datos, conocimientos, fechas. Son lecturas necesarias, útiles que amplían nuestra sabiduría, que nos enriquecen, aumentando el conocimiento sobre distintas materias.

Pero hay otros que, en vez de hablarnos del universo, nos sumerge en él. Ésto es La Literatura; no hay ninguna necesidad de leerla, pero nos proporciona la condición, no sólo de conocedores sino, además, de experimentadores. Leer, es introducirse en el mundo y participar de las páginas que vamos descifrando. Es un acto voluntario que requiere del deseo inicial de vivir otra vida que no es la nuestra, de verse transportado donde la narración nos lleve.

Los clásicos son los perpetuamente postergados, los que, ilusoriamente, reservamos una y otra vez para "cuando tengamos tiempo". Fantaseamos con entregarnos a ellos durante imaginarias convalecencias, en las que no podremos hacer otra cosa que leer, por fin, esos libros, cuyo contacto deseamos y, a la vez rehuimos con aprensión y pereza. O los reservamos para unas utópicas vacaciones inexistentes. Esos momentos y esos lugares no existen. Y los clásicos, no esperan o, mejor dicho, esperan más allá de nuestras vidas. Entre otras cosas porque ellas sí siguen vivos: por eso son clásicos. Perduran porque saben cómo hablar a los hombres y a las mujeres de cada tiempo, porque tienen algo que decirnos y nos ayudan a que comprendamos qué vieron en ellos los que los leyeron antes que nosotros.

A la vez, leer es un acto de libertad. Ya que lo importante en la lectura es que no haya reglas, ni un orden establecido. Porque lo que verdaderamente merece la pena es que alguien se interese en un libro y, a partir de este interés, lo haga suyo.

Como escribió el poeta norteamericano Walt Wiltman: "La vida nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia".