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sábado, 24 de mayo de 2008

sábado, 17 de mayo de 2008

Jacqueline, la última musa de Picasso



La primera vez que Picasso y Jacqueline se conocieron fue en 1953. Ella tenía 27 años y unos rasgos que a él le recordaron inmediatamente a la de la muchacha que aparece con un narguile en el famoso cuadro de Delacroix: "Las mujeres de Argel". Así la pintó poco después como "Mujer vestida de turca".

La segunda vez que Picasso reparó en Jacqueline Roque, él tenía 72 años, y ella era una belleza de 45 años con los ojos verdes, en la alfarería donde ésta trabajaba. Tras cortejarla 6 meses y dibujar una paloma gigante con tiza en la pared de su casa, se casó con ella en secreto. Los 20 últimos años de su vida los pasó a su lado. Ella fue la más discreta de sus mujeres. Vivió a su sombra.

Desde el principio de su relación, Picasso pintó a Jacqueline muchas veces. Sin embargo, ésta casi nunca posó de veras para él, limitándose a estar en la casa a su lado. Era la única persona cuya presencia toleraba en el taller cuando estaba pintando. Jacqueline se quedaba a su lado las noches enteras mirándolo pintar. El artista garabateaba en el reverso de los lienzos mensajes de amor: "Para Jacqueline, en el día de San Valentín", o, "Para Jacqueline, en el día de su santo, por su marido".

Estaban tan unidos que era raro que ella saliese del hogar. Vivían en un castillo del siglo XVII al pie de la montaña de Sainte-Victoire. A Picasso le inquietaba tanto lo que le pudiera pasarle que, si estaba dándose un baño, no era raro que de pronto apareceise con los pinceles en la mano para cerciorarse de que no se había ahogado. Picasso podría también ser cruel con ella, tanto que Jacqueline a veces se refería a él como al "abominable hombre de las nieves".

Durante los dos últimos años de la vida del pintor, Jacqueline bebía de forma excesiva. Estaba muy afectada por la agonía de su marido, y la difícil relación de ambos con los hijos y nietos de Picasso.
En Abril de 1973, la víspera de su muerte, el pintor se tomó su infusión de todas las noches y preguntó a su esposa: ¿Sabes si tengo suficientes lienzos y pinceles ? Mañana mismo voy a empezar a pintar otra vez.
Al día siguiente, el médico le puso unas inyecciones para que respirase mejor. Picasso le preguntó si estaba casado. El médico le dijo que no.
Pues se equivoca usted- le apuntó el pintor-. Vale la pena. Picasso se volvió a Jacqueline, que le estaba cogiendo la mano y murmuró:
-Mi mujer es maravillosa-
Fueron sus últimas palabras. Jacqueline describió así el momento: "Vi que su rostro rosado se volvía gris. Aún no lo he asimilado del todo".
Seis días y seis noches veló el ataúd en el cuarto de la guardia del castillo. Finalmente lo enterró al pie de la entrada.
Jacqueline se sumió en una profunda depresión. Años más tarde, una noche le dijo a su asisenta Doris, que se iba a un sitio "al que no puedes acompañarme".
Era el 15 de Octubre de 1986, hacia las tres de la madrugada, tendida bajo una manta idéntica a la que cubriera el cuerpo de Picasso al morir, Jacqueline se llevó a la sien el revólver que guardaba en la mesita de noche y apretó el gatillo. Doris encontró el cadáver a la hora del desayuno.
Uno de los deseos sí fue respetado: que la enterraran envuelta en una negra capa española como Picasso, junto a la tumba de éste al pie del castillo.
Como había explicado una vez:
-Me gustaría que me envolvieran en el último lienzo de Pablo-.

sábado, 10 de mayo de 2008

Mi gata


¡Cómo envidio a mi gata!
que no sufre de insomnio
sobre el sofá se duerme
sobre el piso
si la despierta un ruido
abre apenas los ojos
y los vuelve a cerrar.

Me atrae su indolencia
su levedad su holgura.

No se somete a nadie
su despertar es lento
hace yoga mi gata
viene hacia mí, se acerca
contra mi piel se frota
la acaricio, me araña
se escabulle de un salto
¿Me quiere? ¿No me quiere?
Misteriosa es mi gata
y jamás lo sabré.

Claribel Alegría
(Nicaragua, 1924)




COSECHA DE ÁNGELES


De cuando en cuando
un golpe seco
como la caída
de una fruta en la hierba
¡Cómo pasa el tiempo!
Ya están maduros
y empiezan a caer
los ángeles
Ya es otoño en el cielo.

Ana Blandiana




En la ciudad donde vivo se ha celebrado el quinto festival internacional de poesía compuesto por autores hispanoamericanos y el Ayuntamiento ha tenido una genial idea con la flota de autobuses urbanos, ésta ha sido la de pegar en los cristales de las ventanillas del transporte colectivo, decenas de las poesías que dichos autores han presentado.

Así que mientras uno hace a diario el rutinario recorrido por la ciudad, pue
de ir leyendo esos bellos poemas y la mente se siente rescatada y trasladada a paraísos perdidos.

Aquí os dejo dos de esos bellos poemas.

sábado, 3 de mayo de 2008

El castaño de Anna Frank

Con motivo del aniversario del holocausto judío celebrado el 30 de Abril, he visto oportuno reponer este post:



Ese bello árbol, se está muriendo, el viejo castaño que veía la joven judía a través de la ventana del apartamento donde estaba recluida, escondida de la persecución nazi, está enfermo, una plaga ha minado sus raíces y tronco, por ello, las autoridades han decidido talarlo antes de que se desplome y acarree algún desastre.


Para que siga quedando constancia en la memoria de quien quiera recordarlo, una actriz, Emma Thomson, ha inaugurado una página web con el castaño virtual vestido de follaje, o desvestido según la época del año en que estemos viviendo.


Al escuchar esa noticia, enseguida recordé un libro que cayó en mis manos hace ya varios años, su título, Los Bibelforscher y el nazismo (1933-1945) de los autores Sylvie Graffard – Léo Tristan. En él se narra todo el horror de los campos de concentración nazis, donde murieron miles de personas de una manera brutal, irracional e inhumana. Entre ellos la joven Anna Frank, su único delito: su raza, el haber nacido en el seno de una familia judía.


Sí, judios, polacos, homosexuales y los que según ellos pertenecían a una “secta pacifista” o “estudiantes de La Biblia” (No eran católicos) todos ellos fueron el objeto del odio y la brutalidad nazi.


En el caso de los Bibelforscher, la mayoría eran alemanes y no estaban detenidos por razones de etnia ya que eran “arios”, si no por ser fieles y leales a sus convicciones religiosas, por su negativa a posicionarse a favor del cruel régimen nazi.


El propio Tribunal de Nüremberg, tuvo que reconocer en sus cargos de acusación principales, los crímenes contra la humanidad simplemente por “motivos religiosos”. Hubieron sólo en Alemania más de 10.000 detenciones y de cuatro a cinco mil personas perdieron la vida a manos de sus verdugos, sin embargo no se entiende el silencio que le concede la Historia.


Púrpura, ese era el color del triángulo de los Bibelforscher, los internos cuyas convicciones religiosas los habían llevado a hacer frente al régimen nazi. Porque ellos, aún a sabiendas de tener que arrostrar la vejación, la tortura, el maltrato y hasta en ocasiones sufrir la propia muerte, optaron por elegir su libertad.


“La mayor libertad de l hombre:

elegir su conducta frente a las

circunstancias”

Brunno Bettelheim


¡Cuánto valor, entereza y convicción moral demostraron! Este grupito de cristianos leales, podían haber salido de ese infierno y evitar así los campos de concentración ya que siempre tenían a su disposición una “renuncia a la maldita secta de los Bibelforscher”. Sin embargo ellos habían resuelto no traicionarse a sí mismos ni a su fe.


Habían asumido como suyas las palabras:


“La vida suave no contemplamos ya

ni al mundo y a sus amos buscamos agradar.

Sin mancha permaneceremos.

En integridad marcharemos”.

Erich Frost


Todo genocidio es una barbarie y no importa la raza, el país, o el tiempo en la historia en que suceda.








Desde este pequeño rincón quisiera hacer un homenaje a todos los que murieron o sufrieron injustamente de una manera atroz, a todos los olvidados de la historia.


“Pon tus banderas a

media asta,

para hoy y para siempre.

Recuerdo

a media asta

para hoy y para

siempre”.

Paul Celan




sábado, 26 de abril de 2008

Miguel Delibes: Un escritor enamorado

Es uno de los escritores españoles vivos, más importante del siglo XX. Nació en Valladolid en 1920. Pero su inmensa obra -medio centenar de novelas y ensayos, rematados por el Nadal en 1947 y el Premio Cervantes en 1993- ha eclipsado otros aspectos de su biografía.
Ángeles, su esposa, fallecida cuando era aún joven, en 1974. La mujer de su vida. Después de la muerte de Ángeles, Delibes, que ya era un clásico vivo de la literatura española, sufrió un bache emocional. Recuerda el escritor :"Ella, con su sola presencia, aligeraba la pesadumbre del vivir. Siempre fue bella, pero, cuando la conocí, era tan bonita, inteligente y atractiva que tenía alrededor un centenar de moscones. Yo tenía un par de años más que ella, pero nos enamoramos, en el 46 nos casamos y en el 73 la perdí. Eso duró mi historia sentimental.
Ella era incapaz de rencores, hacía un gesto: se colocaba un hilo blanco en el dedo meñique para marcar sus enfados. Si el hilo se caía, olvidaba sus motivos de enojo. Me absolvía. Era todo cariño, tan lejos del rencor, que a veces no recordaba por qué se había atado el hilo en el dedo. Su encanto, su entrega, su disponibilidad; cuando una persona entra en uno, se hace indispensable y no es fácil olvidarla. El amor llega a ser una costumbre y no reparamos en sus efectos. Por eso yo lamento no haberle dicho a tiempo cuánto le amaba y cuánto la necesitaba. Era un sentimiento de pérdida tan hondo que no me consolaba de haberlo silenciado. Antes de morir ella dijo: En el peor de los casos, yo he sido feliz 48 años; hay quien no logra serlo 48 horas en toda u
na vida. De la foto de Ángeles quinceañera que abre mis obras completas volví a enamorarme cada vez que la veía. Así pasó este último año, esperando que amaneciera para mirar su fotografía.
El estado de felicidad no existe en el hombre. Existen atisbos, instantes, aproximaciones, pero la felicidad termina en el momento que empieza a manifestarse.
Nunca llega a ser una situación continuada. Cuando no tienes nada, necesitas; cuando tienes algo, temes..."

Durante años, esa ausencia era una presencia íntima y dolorosa, una herida de la que acaso le ayudó a salir un libro memorable, íntimo, casi secreto: "Señora de rojo sobre fondo gris"

Un pintor cuenta a su hija la relación que tuvo con su mujer, recién muerta tras una operación. Este es el planteamiento de este volumen de Miguel Delibes. El pintor ha perdido la inspiración: a lo largo de la obra se descubre cómo es la enfermedad de Ana, su mujer y su musa, la que le ha ido privando de ésta, ya que desde que comenzó su padecimiento no consigue volver a pintar nada nuevo.

El nombre del libro viene del nombre de un cuadro. Ana tenía simpatía por un viejo pintor, García Elvira, al que atendía tras haberse quedado viudo. García Elvira es el que la retrata: "fue en esa etapa cuando le pintó el famoso retrato con el vestido rojo. [...] eludió el fondo; únicamente una mancha gris azulada, muy oscura, en contraste con el rojo del vestido". Entonces es el narrador el que hace ver sus celos por el pintor, que intenta seducir a su mujer, y por su obra, pues no podía soportar que hubiese sido otro el que la captó en todo su esplendor.

El tumor cerebral que acabará matando a Ana va apareciendo poco a poco, y en cada capítulo se van apreciando los cambios que presenta. Narra cómo la actividad frenética de su mujer va disminuyendo a la vez que su capacidad creativa. Ella lo intuía, pero no pensaba que su carencia de creatividad fuera eterna ni que se debiese a ella. Hasta que un día, por fin se atreve a confesarle la razón: "Desde que enfermaste". Pero pese a la enfermedad, su falta de ánimo, y pese a la pobreza creativa de su marido, Ana seguía fiel a la belleza. Narrado desde la primera persona de su marido pintor, Delibes cuanta la historia de una vida dedicada al arte y a la estética, a la suya y a la de su familia, a la protección de su marido y de su obra.

Miguel Delibes

domingo, 20 de abril de 2008

Aquellas pequeñas cosas...



Reposición de este post.

“Uno se cree que las mato el tiempo y la ausencia,

pero su tren vendió boleto de ida y vuelta,

son aquellas pequeñas cosas

que nos dejó un tiempo de rosas…

en un rincón,

en un papel,

o en un cajón.”

(J.M. Serrat)



Hoy me levanté nostálgica, y al abrir un cajón que no usas muy a menudo puedes encontrarte infinidad de cosas que te traigan recuerdos dormidos. Un poema, una fotografía, una postal, una carta de amor. Objetos que por sí mismos no tienen valor alguno, pero cuando adquieren una identidad, o guardan secretamente una historia, son “cosas” que nos devuelven esos sentimientos que creíamos olvidados. Al releer un poema que guardo con cariño, reviví la historia de una joven ilusionada con su boda. Lo tenía todo, la deseada fecha de su enlace, un hombre capaz de hacerla feliz, un proyecto en común que ambos iban a llevar a cabo, pero no tenía un vestido para su boda soñada, aunque su madre era modista le dijo que no tenía tiempo para confeccionárselo. Y ella y su novio no tenían la economía suficientemente desahogada para poderlo comprar.


Para consolarla, su futuro cónyuge le escribió este poema:


“Vamos a hacerle un vestido

a la novia que lloraba

teñido de blanca aurora

para que rabie la rabia.


Coronaremos su pelo

con perlas anacaradas

nacidas en los abismos

donde el sol no penetraba.


El blanco de los jazmines

para la tela más blanca

sobre su pecho bordadas

mil estrellitas del alba.


Y en su velo transparente,

cristalino como el agua

robaré a los manantiales

sus mariposas más claras,

para que mi niña cubra

su rostro de fina plata.


Para sus manos dos guantes

tejidos con seda blanca

que los hicieron las náyades

con lagrimitas amargas

Los zapatitos dorados

del oro de las entrañas

de los volcanes secretos

donde se funde la lava


Y volaré hasta la luna

para traer en mis alas

el blanco polvo que brilla

en las noches escarchadas.


Buscaré entre los Océanos

el fuego rojo sin llama

de los corales ocultos

que las sirenas guardaban

y pintaremos sus labios

y sus mejillas rosadas

y con algas trasparentes

y con peines de esmeralda

le peinaremos su pelo

su pelo de espuma blanca.


Y cortaremos mil rosas

azules, rojas y blancas

con sus capullos cerrados

y así su esencia guardada


Y esperaremos abrirlos

cuando el sol, muy de mañana

estremezca sus semillas

despertando sus entrañas,

y los pétalos abiertos

con los diamantes del alba

y te haremos un perfume

con esencias milenarias.


A las abejas que beben

el néctar de zarzas blancas

les pediremos la cera

que en sus panales guardaban

y te haremos una crema

batida con plumas blancas

de la gaviota que llora

perdida por las montañas


¿Te gusta niña el vestido

que diseñó la mañana?

cosido con hilo blanco

con el que tejen las hadas.


Vamos a hacerle un vestido

a la novia que lloraba

teñido de blanca aurora

brillante de madrugada


¿Porqué lloraba la niña

Mirando por la ventana?


Porque mañana es mi boda

porque me caso mañana

y aun no tengo mi vestido

para mi boda soñada.”


Al final, todo salió bien pues vino en ayuda de la joven una verdadera amiga, juntas compraron un pedazo de raso blanco, unos metros de visillo blanco para cortinas de cocina, algunas cuantas puntillas bordadas y el resultado fue un bonito vestido de novia estilo “ibicenco”.


Gracias a esa generosa “modista ocasional”.


¿Tienes algún cajón con cosas de un tiempo de rosas? Espero tus comentarios.

domingo, 13 de abril de 2008