Francesca Woodman, la fotógrafa maldita

Sensibles, intensas, femeninas, las imágenes de Francesca Woodman. Sus autorretratos, expuestos en el MOMA y en el Metropolitan Museum, se han convertido ya en objeto de culto.
Una de las pocas cosas que sabemos a ciencia cierta de esta fotógrafa estadounidense es que nació el 3 de Abril de 1958 en Denver (Colorado) y que en Enero de 1981 decidió poner fin a su vida lanzándose desde una ventana en el Lower East Side de Manhattan. En medio quedan menos de 23 años, centenares de instantaneas, y una producción artística tan intensa que la sitúan ya entre los mitos de la fotografía del siglo XX y al mismo tiempo dan fe de su sensibilidad particular. Porque su visión no tiene nada que ver con la fotografía de guerra de Robert Capa, el espíritu documental de Cartier-Bresson o las inquietudes de Diane Arbus. Lo suyo, como apunta el crítico francés David Levi-Strauss, es un "deseo revolucionario de romper los códigos de las apariencias y mirarlas a través de un espejo".
De ella se diría que como fotógrafa se situa "en un extraño mundo de antifotografía". El mercado impone la fotografía y prohibe la antifotografía, que, en cambio, es la voz de la libertad.
Para repasar su trabajo, los historiadores se han servido de la memoria de los padres (los artistas plásticos George y Betty Woodman) y de su pequeño diario rosa, en él escribiría "y un día más desperté sola en estas sillas bláncas". En diez palabras comienza y termina todo.
Femeninas, sensuales, intensas, a veces dramáticas, pero nunca desesperadas. Así, la mayoría de las imágenes de Francesca parecen tejer un mundo deliberadamente enigmático, que le ha valido, junto con una turbulenta estancia en Roma y el epílogo del suicidio también una fama de fotógrafa con aura maldita.
