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lunes, 10 de marzo de 2008

Cartas a Clara


Chiquilla:
¿Sabes una cosa?

He llegado a saber, después de muchas vueltas, que tienes los ojos azucarados. Ayer nada menos soñé que te besaba los ojos, arribita de las pestañas, y resultó que la boca me supo a azúcar; ni más ni menos, a esa azúcar que comemos robándonosla de la cocina, a escondidas de la mamá, cuando somos niños.
También he concluido por saber que los cachetitos, el derecho y el izquierdo, los dos, tienen sabor a durazno, quizá porque del corazón sube algo de ese sabor.
Bueno, la cosa es que, del modo que sea, ya no encuentro la hora de volverte a ver.
No me conformo, no; me desespero.

Ayer pensé en tí, además, pensé lo bueno que sería yo si encontrara el camino hacia el durazno de tu corazón; lo pronto que se acabaría la maldad a mi alma.
Por lo pronto, me puse a medir el tamaño de mi cariño y dio 685 kilómetros por la carretera. Es decir, de aquí a donde tú estás. Ahí se acabó. Y es que tú eres el principio y fin de todas las cosas.


Juan Rulfo nació en Apulco, pequeña localidad de Jalisco, México (16 de Mayo 1918- 7 de Enero 1986) Pasó su infancia en un orfanato de Guadalajara.

Con un libro de cuentos. (El llano en llamas, 1953), una breve novela (Pedro Páramo, 1955) y la recopilación de sus trabajos cinematográficos (El gallo de oro, 1980), Rulfo ya había cumplido con creces ante las exigencias de esa fatalidad que hizo de él un escritor de genio: es decir, del todo inusual, absolutamente preciso y con un sentido enfermizo o apasionado del límite.

Aunque Juan Rulfo, no fue un escritor prolífico, no por ello dejó de ser menos brillante.

Cuando le asediaban con la ciega pregunta: "¿Por qué no escribe ya?"

El llegó a responder: " Porque el escritor no es una fábrica".

La carta que encabeza este post, forma parte de un libro inédito, titulado:

"El aire de las colinas. Cartas a Clara" (Editorial Debate).

Este libro, es una recopilación de la correspondencia que el escritor mantuvo con su novia Clara antes de casarse. En ellas, es obvia la devoción del amor y la ternura que sentía por la que llegaría a ser la madre de sus hijos.

Lo he traído, porque a mí siempre me apasionó Juan Rulfo, como persona, aun más que como escritor.