sábado, 26 de abril de 2008

Miguel Delibes: Un escritor enamorado

Es uno de los escritores españoles vivos, más importante del siglo XX. Nació en Valladolid en 1920. Pero su inmensa obra -medio centenar de novelas y ensayos, rematados por el Nadal en 1947 y el Premio Cervantes en 1993- ha eclipsado otros aspectos de su biografía.
Ángeles, su esposa, fallecida cuando era aún joven, en 1974. La mujer de su vida. Después de la muerte de Ángeles, Delibes, que ya era un clásico vivo de la literatura española, sufrió un bache emocional. Recuerda el escritor :"Ella, con su sola presencia, aligeraba la pesadumbre del vivir. Siempre fue bella, pero, cuando la conocí, era tan bonita, inteligente y atractiva que tenía alrededor un centenar de moscones. Yo tenía un par de años más que ella, pero nos enamoramos, en el 46 nos casamos y en el 73 la perdí. Eso duró mi historia sentimental.
Ella era incapaz de rencores, hacía un gesto: se colocaba un hilo blanco en el dedo meñique para marcar sus enfados. Si el hilo se caía, olvidaba sus motivos de enojo. Me absolvía. Era todo cariño, tan lejos del rencor, que a veces no recordaba por qué se había atado el hilo en el dedo. Su encanto, su entrega, su disponibilidad; cuando una persona entra en uno, se hace indispensable y no es fácil olvidarla. El amor llega a ser una costumbre y no reparamos en sus efectos. Por eso yo lamento no haberle dicho a tiempo cuánto le amaba y cuánto la necesitaba. Era un sentimiento de pérdida tan hondo que no me consolaba de haberlo silenciado. Antes de morir ella dijo: En el peor de los casos, yo he sido feliz 48 años; hay quien no logra serlo 48 horas en toda u
na vida. De la foto de Ángeles quinceañera que abre mis obras completas volví a enamorarme cada vez que la veía. Así pasó este último año, esperando que amaneciera para mirar su fotografía.
El estado de felicidad no existe en el hombre. Existen atisbos, instantes, aproximaciones, pero la felicidad termina en el momento que empieza a manifestarse.
Nunca llega a ser una situación continuada. Cuando no tienes nada, necesitas; cuando tienes algo, temes..."

Durante años, esa ausencia era una presencia íntima y dolorosa, una herida de la que acaso le ayudó a salir un libro memorable, íntimo, casi secreto: "Señora de rojo sobre fondo gris"

Un pintor cuenta a su hija la relación que tuvo con su mujer, recién muerta tras una operación. Este es el planteamiento de este volumen de Miguel Delibes. El pintor ha perdido la inspiración: a lo largo de la obra se descubre cómo es la enfermedad de Ana, su mujer y su musa, la que le ha ido privando de ésta, ya que desde que comenzó su padecimiento no consigue volver a pintar nada nuevo.

El nombre del libro viene del nombre de un cuadro. Ana tenía simpatía por un viejo pintor, García Elvira, al que atendía tras haberse quedado viudo. García Elvira es el que la retrata: "fue en esa etapa cuando le pintó el famoso retrato con el vestido rojo. [...] eludió el fondo; únicamente una mancha gris azulada, muy oscura, en contraste con el rojo del vestido". Entonces es el narrador el que hace ver sus celos por el pintor, que intenta seducir a su mujer, y por su obra, pues no podía soportar que hubiese sido otro el que la captó en todo su esplendor.

El tumor cerebral que acabará matando a Ana va apareciendo poco a poco, y en cada capítulo se van apreciando los cambios que presenta. Narra cómo la actividad frenética de su mujer va disminuyendo a la vez que su capacidad creativa. Ella lo intuía, pero no pensaba que su carencia de creatividad fuera eterna ni que se debiese a ella. Hasta que un día, por fin se atreve a confesarle la razón: "Desde que enfermaste". Pero pese a la enfermedad, su falta de ánimo, y pese a la pobreza creativa de su marido, Ana seguía fiel a la belleza. Narrado desde la primera persona de su marido pintor, Delibes cuanta la historia de una vida dedicada al arte y a la estética, a la suya y a la de su familia, a la protección de su marido y de su obra.

Miguel Delibes

domingo, 20 de abril de 2008

Aquellas pequeñas cosas...



Reposición de este post.

“Uno se cree que las mato el tiempo y la ausencia,

pero su tren vendió boleto de ida y vuelta,

son aquellas pequeñas cosas

que nos dejó un tiempo de rosas…

en un rincón,

en un papel,

o en un cajón.”

(J.M. Serrat)



Hoy me levanté nostálgica, y al abrir un cajón que no usas muy a menudo puedes encontrarte infinidad de cosas que te traigan recuerdos dormidos. Un poema, una fotografía, una postal, una carta de amor. Objetos que por sí mismos no tienen valor alguno, pero cuando adquieren una identidad, o guardan secretamente una historia, son “cosas” que nos devuelven esos sentimientos que creíamos olvidados. Al releer un poema que guardo con cariño, reviví la historia de una joven ilusionada con su boda. Lo tenía todo, la deseada fecha de su enlace, un hombre capaz de hacerla feliz, un proyecto en común que ambos iban a llevar a cabo, pero no tenía un vestido para su boda soñada, aunque su madre era modista le dijo que no tenía tiempo para confeccionárselo. Y ella y su novio no tenían la economía suficientemente desahogada para poderlo comprar.


Para consolarla, su futuro cónyuge le escribió este poema:


“Vamos a hacerle un vestido

a la novia que lloraba

teñido de blanca aurora

para que rabie la rabia.


Coronaremos su pelo

con perlas anacaradas

nacidas en los abismos

donde el sol no penetraba.


El blanco de los jazmines

para la tela más blanca

sobre su pecho bordadas

mil estrellitas del alba.


Y en su velo transparente,

cristalino como el agua

robaré a los manantiales

sus mariposas más claras,

para que mi niña cubra

su rostro de fina plata.


Para sus manos dos guantes

tejidos con seda blanca

que los hicieron las náyades

con lagrimitas amargas

Los zapatitos dorados

del oro de las entrañas

de los volcanes secretos

donde se funde la lava


Y volaré hasta la luna

para traer en mis alas

el blanco polvo que brilla

en las noches escarchadas.


Buscaré entre los Océanos

el fuego rojo sin llama

de los corales ocultos

que las sirenas guardaban

y pintaremos sus labios

y sus mejillas rosadas

y con algas trasparentes

y con peines de esmeralda

le peinaremos su pelo

su pelo de espuma blanca.


Y cortaremos mil rosas

azules, rojas y blancas

con sus capullos cerrados

y así su esencia guardada


Y esperaremos abrirlos

cuando el sol, muy de mañana

estremezca sus semillas

despertando sus entrañas,

y los pétalos abiertos

con los diamantes del alba

y te haremos un perfume

con esencias milenarias.


A las abejas que beben

el néctar de zarzas blancas

les pediremos la cera

que en sus panales guardaban

y te haremos una crema

batida con plumas blancas

de la gaviota que llora

perdida por las montañas


¿Te gusta niña el vestido

que diseñó la mañana?

cosido con hilo blanco

con el que tejen las hadas.


Vamos a hacerle un vestido

a la novia que lloraba

teñido de blanca aurora

brillante de madrugada


¿Porqué lloraba la niña

Mirando por la ventana?


Porque mañana es mi boda

porque me caso mañana

y aun no tengo mi vestido

para mi boda soñada.”


Al final, todo salió bien pues vino en ayuda de la joven una verdadera amiga, juntas compraron un pedazo de raso blanco, unos metros de visillo blanco para cortinas de cocina, algunas cuantas puntillas bordadas y el resultado fue un bonito vestido de novia estilo “ibicenco”.


Gracias a esa generosa “modista ocasional”.


¿Tienes algún cajón con cosas de un tiempo de rosas? Espero tus comentarios.

domingo, 13 de abril de 2008

sábado, 5 de abril de 2008

Fernando Botero: "Me duele que me llamen el pintor de los gordos".


"Nací en Medellín, en Colombia, en 1932. Era una pequeña ciudad de provincias de escasas preocupaciones culturales o artísticas. Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años, así que la situación económica en la cual crecí fue muy estrecha. Que en ese ambiente de provincias desarrollase una fuerte vocación artística es para mí, y aún más con la perspectiva del tiempo, sorprendente: La actividadde pintor sólo tenía connotaciones negativas; "Es una profesión para morirse de hambre" me decían. Sin embargo, el ser pintor me emocionaba tanto que seguí mi vocación desde muy niño sin pensar nunca en las e consecuencias.

Mi padre era vendedor ambulante. Un hombre nada cultivado que durante semanas hablaba de mulas cargadas de paquetes. Pero tenía una cosa fascinante, un libro sobre la Revolución Francesa. De pequeño me pasaba el día mirando las ilustraciones de Luis XVI y madame Pompadour que luego pintaba. Hasta los 19 años no vi un cuadro de verdad.

Cuando me preguntan cómo encontré mi estilo boteriano, digo que sucedió en 1956, un año intenso; pintaba sin parar en México, preparando una exposición para Washington. El último cuadro que preparé se llamaba "La Mandolina". Ejecutado con rasgos generosos, al hacer el hueco salió muy pequeño inconscientemente y la mandolina adquirió proporciones fantásticas. Comprendí que algo extraordinario había sucedido. Así nació el universo de las grandes formas, que encontraba un superlativo en los detalles pequeños. Fue como atravesar una puerta para entrar en otro cuarto. En cualquier caso, un pintor no tiene razón de ser si no crea un mundo propio. Y para ello hay que ser radical, sectario. Y, seguramente, controvertido o rechazado.

Lo importante es que el acto de pintar me da una felicidad enorme. Tengo suerte, mucha suerte, de ser un artista. La pintura, y el arte en general, es un oasis creado por el hombre para refugiarser de la difícil realidad, es una alternativa. Vivir en la música, en la literatura, en la poesía, en la pintura, es vivir en un mundo de perfecciones. Desgraciadamente muchos no lo consideran así. Matisse fue muy criticado por definir el arte como "una poltrona de descanso y refugio". Su pintura era de belleza, placer, lujo y sensualidad. Un gran pintor.

Siempre me sentí muy latinoamericano. Siempre me esforcé por pintar la realidad de mi país, la suave Colombia que conocí de pequeño y que desafortunadamente, ya no existe. Cuando se observa mi trabajo, se ve claramente que lo hizo un latinoamericano, y eso es muy importante. Saber que el arte proviene de un lugar concreto.
Podía haber tenido pasaporte americano, pero nací y moriré colombiano.

Ya no me queda familia en Colombia. Conservo una hacienda, pero no puedo ir por falta de seguridad. Mi sueño sería volver al campo, a aquel lugar tan lindo."

Fernando Botero